lunes 27 de febrero de 2012

Maldito alzheimer, maldito.

Hace años que el alzheimer le va robando poco a poco la memoria a mi madre. Pausada y lentamente.

Al principio no importa nada, sólo con cuidar de que ella no se diera cuenta de que nosotros no nos creíamos sus excusas para lo que le decíamos despistes, valía.

Luego fue peor, pero tampoco tanto. Simplemente hacer las cosas e ingeniarnoslas para que pensara que era idea suya, o que lo había hecho ella. La de veces que me he quedado pensando en como hacer por ejemplo que fuese a la peluquería sin que se molestase por decirle que llevaba el pelo mal, o hacer yo la comida pero fingiendo que aprendía de ella "ahora sofrío la cebolla ¿verdad?" o cuando le dio por no ducharse. Sólo yo lograba sin alterarla que se duchase, eso sí yo dentro con ella fingiendo que no me había duchado todavía.

Recuerdo con gracia ese sábado en el que subí a verlos - mi padre estaba enfermo y ya no podían venir-me dice mi hija que allí estuvo viviendo para cuidar a mi padre que se rendía, que intentara yo bañarla porque se ponía a chillar como si la degollasen al igual que con mi hermana. Recuerdo que pensé en cómo me las arreglaría allí que yo no podía meterme con ella en la bañera. Pero así, poco a poco y charlando, charlando al final logré que entrara en la bañera de agua calentita. Y recuerdo la cara pasmada de mi hermana la verla incrédula feliz mientras le lavaba el pelo. Pero encima ahí no acabó la cosa, una vez limpia, seca y vestida, bajamos al cuarto donde mi padre descansaba y allí delante de mi hija y hermana ni corta ni perezosa le dice a mi padre:"¡Ay Antonio! Menos mal que ha venido la nena y me ha bañado porque ya lo necesitaba sobre todo el pelo y nadie me hacía caso" Las caras de mi hermana y mi hija eran todo un poema.

Y así muchas cosas, costosas y en tiempo y en ingenio pero siempre saliendo bien del paso.

Al morir mi padre empeoró claro. Pero aún así supimos amoldarnos. Empezaron sus locuras infantiles. Su querer ligar, sus historias inventadas, su quitarse años. Una vez hablando ella con un amigo de mi hermana que había venido a comer con nosotras, le pregunta de pronto "¿cuántos años tienes?"- "treinta y tres" contesta el chico. "Anda, los mismos que yo"- le contesta mi madre tan campante. Y a mí me da por abrazarla feliz y decirle que con razón está más guapa que yo. Y estas pequeñas cosas nos gustaban más que nada porque con ello confirmábamos nuestra fe y convencimiento de que ella era feliz.

Nunca nos avergonzamos de esas locuras. Al que le guste bien y al que no le guste "ahí está la puerta" . Mi madre bailaba en las pequeñas fiestas que mi hermana montaba en su acogedor patio, y allí no decía ni palabra ni el cantante contratado, ni nadie. Faltaría más. Y allí estaba con nosotros como uno más en cada fiesta, en cada comida, en cada cena.

Y cantaba mucho, le encantaba como toda su vida le gustó este arte para el que digo y mantengo que estaba dotada. La aplaudíamos y la alabábamos, cantábamos con ella. La música, las canciones tan cerca siempre. Si la veíamos tristecita, mi hermana sabía el truco que ella había aprendido: poner sus canciones preferidas y animarla a cantar. Y justo, cuando empezaba a cantar le volvía la alegría.

También recitaba, pues los poemas fue algo que tardó mucho en olvidar. Y encima lo seguía haciendo como toda su vida, con una perfección y sentimiento que ya quisieran muchos. Así que por supuesto que la animábamos, pero es que aunque nadie lo crea, disfrutábamos con ella, recitaba de maravilla.

Y cuando empezó ya a hablar con la tele, pues nada a improvisar según el giro que tomaran las cosas "que sí mamá que esa mujer va mal muy peinada" "pues sí mamá ese es tonto", o si sufría "sólo es una película mamá" y se cambiaba de canal.

Después llegó el día en que de vez en cuando tenía frases incomprensibles. Le dábamos la razón aun sin saber que había dicho. Y la escuchábamos. Y cuando decía algo coherente enseguida procurábamos contestar para ver si conseguíamos que siguiera una conversación, pero no, ya no, eso fue mucho antes. Más pronto que tarde decía una frase incoherente o sin sentido.

Pero aun así ella era feliz. Con eso nos basaba. Canturreaba, lo veía todo bonito. Pues esa frase era la frase que solía decir con una sonrisa "¡Ay, que bonito! Era feliz.

Pero una mañana, a pesar de haberse acostado como siempre, cuando mi hermana fue como cada mañana a ayudarla a levantarse, la encontró totalmente ida. No hablaba, no se esforzaba para levantarse y no parecía entender absolutamente nada. Mi pobre hermana lo pasó fatal ese día, fatal. Pues no sólo fue algo que de tan brusco habría asustado a cualquiera, es que tuvo la mala suerte de no encontrar a nadie ese día de la familia. Sólo logró hablar con el médico que cuando la vio, tranquilizó a mi hermana y le dio ánimos dentro de lo que se puede en casos así. Al parecer un cambio tan brusco, en vez de como hasta entonces fue: paulatino, no era anormal. A veces pasa. Y según me contó luego hasta buenos consejos le dio que por cierto alguno sé que ella no hará.

Ese cambio, por brusco, fue el más duro. En ese no hubo un poco a poco. Desde el día de Reyes mi madre no se ha vuelto a levantar de la cama. Hay que darle la comida y hay que moverla para limpiarla y asearla.

Pero todavía quedaba algo que nos daba fuerzas. Su alegría al vernos en los momentos en los que no está como adormilada. Se mueve, pero no parece saber que pasa a su alrededor con sus ojos cerrados. Esa alegría que le da cuando está despejada. Se le nota porque se ríe, porque se aprieta el pecho con los brazos o los alza para que la abracemos. Esas frases o palabras que de vez en cuando nos dice.  Nunca olvidaré ese "eres la meua chiqueta" - eres mi niñita - que me emocionó tanto pues al menos en ese momento sí me reconoció. En otros no sé. Quizás sólo se alegre porque sabe que somos algo suyo, algo importante pero sin saber qué, pero esa frase, en ese instante supo que era yo. Y me gustaba su "que guapeta eres" - que guapa que eres- . Su acariciarme la cara con la mano con un "preciosa" - a veces utilizaba el catalán y otras el castellano - que yo sé que se esforzó en pronunciar, pues se notaba, pero lo consiguió y se notó su alegría pues empezó a reír con fuerza, su agarrarme fuerte en ese abrazo al que ahora ya tengo que ser yo sola quien lo busque inclinándome hasta agarrarla pues ella no se puede incorporar.

La vez anterior a hoy sólo una de las veces en que la abracé me dijo algo. Una sola palabra, pero me bastó. Me dijo: "bonita" y lo dijo con una cara de auténtico sentimiento. Con esa fuerza de cariño que siempre tuvo mi madre. Toda su vida. Es inconfundible ese mirar, ese sentimiento tan suyo.

Hoy ha estado adormilada, y cuando la fin la encuentro espabilada, veo su cara de alegría, y me acerco hasta encontrarme en su pecho, la levanto un poco para poder abrazarla y ella también logra abrazarme a mí. Pero esta vez no ha sido capaz de decir nada. Hoy sólo ha salido de su garganta un gemido que al cielo ruego que no haya sido de verse incapaz de hablar. Ha sido una abrazo largo, luego mil besos, mil palabras de cariño hasta que contemplo que ha vuelto a perderse en su mundo en el que parece no haber nada. Me guardo las lágrimas. Por si hay alguna posibilidad de que se entere, no quiero que me vea llorar. Me da igual que digan que de nada se da cuenta. Lloro cuando llego a casa. Y sigo llorando hasta que comprendo que tengo que desahogar mi pena como sea. Son las tres de la madrugada. Mi blog me escuchará.

viernes 10 de febrero de 2012

Amor de madre

Hoy han operado a mi hijo.
Hice y hago lo que toda madre: me levanté temprano, lo llevé al hospital, esperé y me preocupé cuando consideré que tardaba mucho en salir, hablé tres veces con la enfermera pidiendo explicaciones por la tardanza...y cuando al fin sale ya del quirófano y me comunican que todo ha ido bien me quedo a su lado y a su lado sigo cuidándolo lo mejor que sé y así seguiré hasta que esté completamente recuperado. Me ocuparé de comprar lo que durante días va a necesitar, le haré con sumo esmero las curas, procuraré que sienta cómodo, cuidado y querido. Ahora duerme tranquilo y yo aprovecho para sentarme en mi portátil y escribir lo que siento.

No estoy sola, mi amiga Lorena ha estado pendiente de todo. Llamando y preocupándose por mí y por mi hijo. Al igual que ha hecho Dana, Nuria y Semila

Pero sigo incrédula viendo y comprobando, como el que sigue siendo el padre de ese niño, no sólo no se presente en un momento así, ni se ofrezca como han hecho mis amigas para algún tipo de ayuda, lo que incrédula y triste me tiene es que ni llame a su hijo para ver que tal ha ido todo, cómo se encuentra, mandarle un saludo, darle ánimos, prestarle un minuto de atención. ¿De verdad a un padre puede traerle sin cuidado si sale bien o no su hijo de una operación? ¿De verdad un distinguido señor que trabaja en un puesto de presunta responsabilidad en salud, de su hijo no se preocupa lo más mínimo? De mí ya lo sé. Ya me operaron hace un tiempo y aunque sé que fue diciendo que estaría en la operación, no lo hizo, pero ¿su hijo?

Que alguien me conteste si es cosa del sexo masculino. Porque no puedo creer que todos los hombres del mundo tengan tan poca o nula preocupación por la salud de sus hijos. No me cabe en la cabeza. Y me parece por otra parte tan injusto que mi niño al que tanto adoro haya tenido la mala suerte de tener un padre al que no le importa ni siquiera la salud de su hijo. ¿Tan mala suerte tuvo que tener precisamente mi niño?

A veces, como hoy, me da la sensación que vivo un sueño.

Pero creo, que la auténtica verdad es que inocente viví en un mundo que no era el real, que fue durante todos esos años donde viví en un sueño precioso y que el día en que se marchó sin decir palabra fue el día en que desperté.






sábado 31 de diciembre de 2011

No sé como despedirlo

Lo tenía todo planeado. Cada paso, cada detalle. Ya estaban todos los accesorios preparados cuando me vuela la noticia que aún trato de asimilar: mi mejor amigo ha muerto.

Cesan todos mis planes y propósitos de Nuevo Año.

Yo que me habría cambiado por ese amigo sin dudarlo no sé que hacer ni a quien rogar.

Nadie me escuchará en mis súplicas. Lo sé. Tantas veces le pedí a Dios y luego a mi padre que me llevara junto a él y nunca me hizo caso, que sé que de nada servirán mis ruegos. Ni mis lamentos, ni mis llantos.

He perdido el mejor amigo que tenía. Él único en quien confiaba y a quien todo le contaba. Todo. Lo que nadie de mí sabía, él sí. Y lo he perdido. Así, en segundos aunque pareciesen años.

No me felicitará el año esta noche a las doce y segundos, ni me dirá nada mañana. Ni yo a él. Se quedará mi mensaje que ya estaba preparado y escrito, en el móvil y sin enviar.  Ni vendrá a verme en tan cercanas vacaciones que se le acercaban.

Ya no me hará reír con sus payasadas, ni me abrazará con ese calor que tanto me reconfortaba, ni me contará sus peripecias y viajes. Nada.

Me ha dejado completamente sola. " Te fuiste sin pensar en mí" grita mi pensamiento egoísta. "Ojalá me hubieses llevado contigo. Ojalá me hubieses tendido la mano. Yo la hubiese agarrado con fuerza para volar contigo y lo sabes"

Me quedo sin nada.

Y ese regalo que lo esperaba en mi cajón rojo, se perderá en el olvido.

Y esos planes que maduré por él, por hacerle la vida más fácil, se quedan de pronto sin sentido. Hueros como mi vida.

Y este día de Noche Vieja se convierte en un triste pasar las horas y minutos pensando entre lágrimas "¿Por qué? " y sin saber qué haré a partir de ahora.

Sin saber que hacer quedo llorando.

viernes 25 de noviembre de 2011

Sin novedad en el frente

Acaba de finalizar mi cumpleaños. Tuve suerte, porque es suerte que te felicite tanta gente y toda ella sea tan buena gente.

He tenido a primera hora los besos cariñosos de mi niño que me despierta con su dulce "Feliz cumpleaños" y las rosas de Sergio a las nueve de la mañana. Y a mis amigas que haciéndome caso omiso me meten en el coche y me llevan a desayunar llenando la mesa de dulces, tostadas, cafés...y dejan que vayan llegando todos esos que me aprecian y tienen tiempo de desayunar conmigo. Y cada uno me va regalando lo que puede porque la mayoría sufre y muy muy duro la crisis que pasa el país y apenas tiene nada. Pero sí mucho amor para regalar. Y mi a mi amiga Fany que también casi me rapta para regalarme su trabajo para como ella dice dejarme "más que guapa"

Y por supuesto tengo a mi Dana que es inigualable y sigo sin saber porque me quiere tanto. Si soy yo la que le debe la vida.

Y mil llamadas de teléfono y mensajes largos y explayados que me han emocionado de ver que sigue ese amor ahí, que no se olvidan del cariño mutuo que mantenemos desde hace tanto tiempo y otras veces tan poco.
Y canciones dedicadas. Palabras sinceras que salen del corazón y eso se nota. Al menos yo sí. Demasiado tiempo escuchando mentiras y embustes. Falacias, halagos falsos. Ya los reconozco. Sé bien cuando es mera diplomacia. Sé bien cuando sólo hay falsedad. Y por eso prefiero a los que en vez de decirme lo que no sienten se callan y no me dicen nada.

Y esa maravillosa entrada de noche con dos jóvenes amigas que me esperan al borde de la escalera levantando una bandeja de pasteles que ellas mismas han cocinado. Toda la tarde horneando para mí. Las beso y rebeso, las abrazo y me quedo mirando sus caritas de ángel que me miran desde ese sofá que antes ocupan otros que hoy, crueles me traicionan.

Porque no hay novedad en el frente. Y el que de mí hace objetivo de su saña, sigue hoy, sin importarle nada, atacándome, haciéndome daño. Quizás ya sabe que soy enemigo fácil. Que no tengo ni quiero munición con que atacar. Que tan sólo quiero que cese la batalla. Pero nunca tiene bastante botín. Y no se atreve con otros enemigos, con otros blancos. Sólo a mí me ataca. Los demás contestarían al fuego enemigo. Él sabe que yo no. Que sólo me refugio en las trincheras. Sólo intento escapar. De momento y gracias a mis amigos he sobrevivido. Y cada vez mi refugio es mayor, más resguardado, más seguro. Pero él sigue bombardeando. Él quiere que muera. El quiere lo poco que queda en mis arcas. Ni siquiera le preocupa la gente a quien cobijo, que debiera.

Como decirle: "La ciudad está devastada. Ya la sacaqueaste, ya la dejaste sin tesoro alguno. ¿Por qué sigues disparando con fusiles que aterran y que matan?


Lo poco que me queda ni siquiera es para mí.


Déjalo ya. No me hieras más.


Por favor, no me hieras más"

Pero sigue todo igual.

Sin novedad en el frente.

domingo 23 de octubre de 2011

Le reservo una tumba

-Ahora que se está celebrando el juicio del asesinato de “M. C” y su familia sigue sin obtener la justicia que merece, quiero expresar, antes de empezar mi post, mi solidaridad, mi comprensión y mandarles a todos los que tanto sufren, todo mi apoyo-

Si sólo funcionase la razón se podría decir que si ya se sabe de la muerte ¿qué más da el saber dónde se encuentra su cadáver? Seguirá ese ser muerto igualmente. El vacío no se irá, ni su memoria. Pero es que los humanos tenemos algo más que mente. Tenemos alma o quizás, si es que no existe el alma, sea otro trozo de mente pero recóndito, inaccesible e irracional.

Y sí necesitamos un porqué. Pues así nos lo pide ese rincón secreto de nuestros sesos, saber cómo, cuándo, dónde y porqué. Es algo inevitable. Ante cualquier pérdida, ante cualquier dolor necesitamos saber el porqué. Me da igual que sea irracional. Los humanos lo necesitamos y tenemos ese derecho. Lo tenemos.

Y es que es cierto y está demostrado que el saber los motivos, el poder ir a una tumba a llorar esas penas que si no se lloran en cualquier parte, algo de paz alcanza nuestra mente, en algo se descarga.

Garcilaso escribió uno de sus mejores sonetos inspirado precisamente el día que fue a tumba de esa mujer amiga pero tan amada.

Y cuando egoísta pienso en mi y en mi depresión que arrastro desde hace ya tanto tiempo, me parece que igualmente también mi alma un alivio sentiría si supiese el porqué. Pues hasta inconsciente, hasta en mis sueños, como me ha pasado esta noche en una pesadilla, que al despertar seguí estando en ella, pues sólo soñé lo pasado, lo vivido y no puedo agarrarme cuando esto me pasa – muchas veces todavía aunque ya no todas como al principio- al gratificante “sólo fue una pesadilla”

Se lo pregunté muchas veces, demasiadas, pero nunca me respondió. O permanecía mudo o si lo acorralaba como al final conseguí cerrando de golpe una puerta y aferrándome a ella de tal modo que habría tenido que emplear la fuerza para apartarme, sólo obtenía, sólo obtuve esa vez, su enfado. Me gritó con fuerza su otras veces dicho “no hay un porqué. Te empeñas y no lo hay” ¿Cómo pudo pensar que yo creería semejante desatino?. Pero eso sí, ante sus gritos consiguió que me apartara de la puerta y rota me sentara en la cama llorando con más fuerza si cabe.

Han pasado años y sigo sin saber porque de un día para otro – la noche anterior hablamos por teléfono de su llegada a casa después de dos días fuera por trabajo con la alegría de siempre-todo cambió.

Sigo sin saber porqué si la noche anterior y las anteriores y los días y los días anteriores nada dijo, no dio ninguna pista, nada comentó, porqué esa mañana a los cinco minutos de verme y darme un beso como siempre que volvía de ese trabajo alejado hacía, tomando nuestro primer café como tantas veces en la cafetería de siempre y sin siquiera esperar a subir a casa, dónde nadie nos oyera, dónde yo pudiera reaccionar sin que camareras y madrugadores clientes me vieran y oyeran, me mató de un golpe seco con sus palabras: “te dejo. Mañana me voy de casa”.

Han pasado años y sigo sin saber porque esa mañana de febrero que siempre fue un mes de mi agrado -“en febrero busca la sombra el perro” solía decir mi padre y mi abuela en los febreros tibios - pero que se ha convertido en el mes de mis desdichas, asesinó mi esposo mi corazón en tan pocos segundos y tan de cuajo. Y sigo yo malherida siempre que puedo preguntando, y sigo obteniendo el mismo verdugo silencio por respuesta.

Y yo, aunque ya sé que mi corazón está muerto, también quiero ir a llorarle allá, en ese sitio donde tengo la esperanza de poder enterrarlo como se merece algún día. Y como Garcilaso quizás vuelva mi inspiración de poeta allí, en esa tumba que quiero darle, en esa tumba en la que quiero depositar unas cuantas flores, derramar mí última lágrima, despedirme de él, dejarlo en paz, y mi voz también exclame algo parecido a lo que ese gran poeta escribió. Y quizás empiece a vivir con un poco de paz que ahora no hallo.

Si yo pudiera escribir:

"En que poco espacio yacen mis amores,

y toda la esperanza de mis cosas,

tornados en cenizas desdeñosas

y sordos a mis quejas y clamores"

sábado 15 de octubre de 2011

Diario de una depresión aguda

Y fui de mal en peor cayendo. Y cada vez que creía no poder tener más mala suerte, más peso me caía.

Y hoy desde esa cama de donde no salgo excepto cuando mi niño me requiere, todavía tengo que soportar una nueva desgracia. La de verme impotente para ayudar a mi hijo. La de pensar que soy tan mala madre que lo único que puedo hacer ya por él, no tengo valor para hacerlo.

Tanto me quiere ese niño que prefiere vivir conmigo a pesar de lo mucho que sufre viéndome sufrir, que no hay manera de convencerlo de que se vaya de aquí, de que se aleje. La última vez que hablamos sobre ello, con su rotundo "me quedo contigo" me hizo recordar la película "Mas allá de los sueños" , donde el protagonista, muerto en accidente y desde un cielo maravilloso lleno de luz y color casi indescriptible, busca a su esposa el día en que la sabe muerta. La encuentra al fin en el infierno y lucha por sacarla de allí hasta que cuando se convence de que nada puede hacer para llevarla con él al paraíso, decide quedarse con ella en ese terrible infierno. Cuando vi aquella película pensé: "eso es amor" y lloré como los sentimentales lloramos en todas las películas de amor: unos momentos para luego pasar al " que bello final". Hoy lloro de verdad, amargamente, por mi hijo. Por ese hijo que me quiere tanto que prefiere el infierno de vivir en mi eterna desgracia que marchar a otro lugar donde no tendría que soportar mi sempiterna tristeza.

Y pienso que tengo que hacer algo por ese niño al que adoro más que a nada en este mundo. Me digo:"sacaré fuerzas y valor de donde sea. Que ahora no es por mí, ahora es por él". No puedo consentir ver más esos ojos tristes que ya tanto conozco, de un niño tan bueno, tan maravilloso y lleno de virtudes y que en absoluto se merece esos días terribles, no se merece lo que ya desde hace tiempo le han hecho vivir.

Puede que yo sí lo merezca, puede que sin saberlo - juro que eso es verdad pues nunca en mi ánimo estuvo hacer daño a nadie, más bien todo lo contrario- en mi vida cometiese algún enorme pecado y que por eso esté pagando tan duramente, demasiado duramente mi error, mi culpa aunque inconsciente. Y aunque segura estoy que nada de lo que haya podido hacer, se merezca tres años de angustia inaguantable, dolor vasto, titánico y luengo que me mata día a día, poco a poco, con saña, con continuas torturas. Dolor que es como una losa que me aplasta sin dejarme mover ni respirar; oprimiéndome el pecho hasta destrozarme las costillas que se astillan y se rompen; clavando sus duras puntas afiladas en mi corazón que sangra y se desangra. Dolor que me paraliza el cuerpo entero, arañándome los brazos, las piernas y las manos; que me impide cualquier tipo de alegría, que me suprime. Y aunque esté segura de que castigo tan profundo y ponzoñoso ni yo ni nadie se lo puede merecer, yo ya me da por creer que sin darme cuenta si hice algo imperdonable, algo para lo que se preparó la mayor de las venganzas y por eso ahora recojo el más ingrato de los infiernos.

Pero que nadie se atreva a decir que mi hijo hizo algo para merecer el camino doloroso que le han obligado a recorrer. Que como madre inseparable sé sin duda alguna que siempre, absolutamente siempre, fue todo bondad, honestidad, honradez y benevolencia.

Tengo que sacar el valor de donde sea por mi hijo. Cueste lo que cueste. Aunque me cueste mucho más que la vida.

domingo 2 de octubre de 2011

Después de la batalla

No miraba cuando caminando cruzaba las calles con la esperanza de que me atropellaran al igual que habían atropellado a mi vecino aún fijándose bien en los peligros como siempre ha hecho. Con él fue culpa del coche que no avisó su salida de un garaje.

Yo cruzaba sin mirar, una, dos tres, cuatro y cinco calles de ida y otras cinco de vuelta - sólo iba en aquellos tiempos al centro de salud a por la baja que él estaba empeñado en que consiguiera, a mí me daba igual-

Aparte de unos cuantos bocinazos y algunas palabras de ira o enfado, no conseguí nada. Ni siquiera un arañazo.

Era como si mi estrella me odiase de pronto tanto que sólo me mandara penas y desdichas pero no me dejase que pudiera descansar por fin de tanta amargura.

Así lo veía: Yo tentando a la muerte y mi destino sin dejar que me pasara nada.

Yo tomando un bote entero de ansiolíticos y D. apareciendo y llevándome a urgencias.

Yo tirándome delante de un coche y éste frenando de golpe y ni tocarme.

Yo cortándome la muñeca hasta sangrar lo que creí suficiente y no había llegado mi corte a las venas. La sangré cesó.

¿Fue el destino o fue mi mente que en realidad no quería morir al menos de mi propia mano?

Quizás nunca quise morir. Quizás siempre tuve la esperanza de que las cosas se arreglarían. Al fin y al cabo ya decían los griegos que la esperanza es el mal que impide al hombre suicidarse. Y yo en el fondo nunca la perdí.

Y ahora que ya soy consciente de que perdí la batalla y la guerra. Sólo soy un pobre desesperado, un sin techo que anda por la calles de la vida sin saber porqué vive, porqué sigue caminando cuando no hay ningún sitio dónde llegar.